
Por. Alfredo Carrasquillo Ramírez
Vivimos tiempos en los que lo único constante parece ser el cambio. En dicho escenario, vemos a muchos países soberanos enfrentando los desafíos de la mundialización por medio de su apertura a nuevas relaciones políticas y comerciales con diversas naciones de los distintos continentes.
Cuando innovadores acuerdos de cooperación, esfuerzos sostenidos de regionalización y renovada colaboración multilateral son la orden del día, ciertos políticos menores del patio, sorprenden con su histérica insistencia en el discurso de la unión permanente.
Hablo de insistencia histérica remitiéndome a su comprensión psicoanalítica, conforme a la cual, la histeria se entiende como una estructura psíquica y un discurso, que revela cierto modo de relación vincular al otro. El histérico busca desesperadamente obtener una respuesta del otro al que ama para que le defina el objeto de deseo que debe ser para asegurar así su interés, su amor y su mirada.
A través de un complejo proceso psíquico que no puedo explicar aquí, el histérico responde al otro produciendo una fantasía que explica la lógica inconsciente de su vínculo y buscando construirse allí, como objeto de deseo para el otro. Mi argumento es que ciertos políticos del patio, han hecho del discurso de la unión permanente la fantasía histérica que pretende explicar, interpretar y sostener su vinculación con Estados Unidos.
Tomemos, por ejemplo, el caso de Luis Muñoz Marín, quien el 26 de diciembre de 1951, se oponía a una propuesta del delegado estadista Paz Granela para incluir el significante permanente al hablar de la relación política entre Estados Unidos y Puerto Rico. En aquella ocasión, Muñoz argumentaba que no tenían la intención de cerrarle las puertas a cualquier posible desarrollo político en el futuro.
No obstante, el 14 de febrero de 1958, al dirigirse a los miembros de la Cámara de Comercio, ya el discurso de la unión permanente estaba instalado. Allí Muñoz compartiría su “convicción irrevocable” de que “el Estado Libre Asociado es la mejor y más segura garantía de nuestros vínculos permanentes con la Gran Unión Americana, con la que estamos asociados a través de dos grandes fuerzas nobles y morales: nuestra ciudadanía y nuestro deseo libremente expresado de permanecer en esa unión por siempre”.
Cuando uno lee a un político hablar del deseo de permanecer en una unión por siempre -¡como si se tratara de un matrimonio!-, sabe que las cosas no se juegan en el terreno de la racionalidad, sino que estamos en el ámbito siempre complejo de las pasiones políticas, pero que existen, eso sí, unas condiciones históricas que lo toleran. No hay duda de que el mundo de la guerra fría permitió que los políticos boricuas dieran rienda suelta y vivieran del cuento de la unión permanente por varias décadas.
Pero, ¿qué eficacia simbólica puede tener el discurso de la unión permanente en el mundo de la post guerra fría y en el fluido escenario de la mundialización? ¿Cuán permanente puede aspirar a ser un vínculo político en un escenario de sucesivas reconfiguraciones del mapa político mundial? ¿Qué pretensiones de permanencia puede haber en el posicionamiento político de una isla que ha perdido su relevancia militar y se ha vuelto significativamente dependiente y costosa, y preocupantemente poco productiva?
Lo que es más, ¿qué estrategia puede haber en el afán de permanecer unidos a un país con una economía peligrosamente frágil y cuyos organismos de inteligencia admiten públicamente que su hegemonía se debilita?
¿Será que preguntas tan básicas y un mínimo conocimiento de la realidad mundial es mucho pedir a los políticos menores que hoy, incapaces de producir modelos viables e ideas innovadoras, insisten en la unión permanente?
Vivimos tiempos en los que lo único constante parece ser el cambio. En dicho escenario, vemos a muchos países soberanos enfrentando los desafíos de la mundialización por medio de su apertura a nuevas relaciones políticas y comerciales con diversas naciones de los distintos continentes.
Cuando innovadores acuerdos de cooperación, esfuerzos sostenidos de regionalización y renovada colaboración multilateral son la orden del día, ciertos políticos menores del patio, sorprenden con su histérica insistencia en el discurso de la unión permanente.
Hablo de insistencia histérica remitiéndome a su comprensión psicoanalítica, conforme a la cual, la histeria se entiende como una estructura psíquica y un discurso, que revela cierto modo de relación vincular al otro. El histérico busca desesperadamente obtener una respuesta del otro al que ama para que le defina el objeto de deseo que debe ser para asegurar así su interés, su amor y su mirada.
A través de un complejo proceso psíquico que no puedo explicar aquí, el histérico responde al otro produciendo una fantasía que explica la lógica inconsciente de su vínculo y buscando construirse allí, como objeto de deseo para el otro. Mi argumento es que ciertos políticos del patio, han hecho del discurso de la unión permanente la fantasía histérica que pretende explicar, interpretar y sostener su vinculación con Estados Unidos.
Tomemos, por ejemplo, el caso de Luis Muñoz Marín, quien el 26 de diciembre de 1951, se oponía a una propuesta del delegado estadista Paz Granela para incluir el significante permanente al hablar de la relación política entre Estados Unidos y Puerto Rico. En aquella ocasión, Muñoz argumentaba que no tenían la intención de cerrarle las puertas a cualquier posible desarrollo político en el futuro.
No obstante, el 14 de febrero de 1958, al dirigirse a los miembros de la Cámara de Comercio, ya el discurso de la unión permanente estaba instalado. Allí Muñoz compartiría su “convicción irrevocable” de que “el Estado Libre Asociado es la mejor y más segura garantía de nuestros vínculos permanentes con la Gran Unión Americana, con la que estamos asociados a través de dos grandes fuerzas nobles y morales: nuestra ciudadanía y nuestro deseo libremente expresado de permanecer en esa unión por siempre”.
Cuando uno lee a un político hablar del deseo de permanecer en una unión por siempre -¡como si se tratara de un matrimonio!-, sabe que las cosas no se juegan en el terreno de la racionalidad, sino que estamos en el ámbito siempre complejo de las pasiones políticas, pero que existen, eso sí, unas condiciones históricas que lo toleran. No hay duda de que el mundo de la guerra fría permitió que los políticos boricuas dieran rienda suelta y vivieran del cuento de la unión permanente por varias décadas.
Pero, ¿qué eficacia simbólica puede tener el discurso de la unión permanente en el mundo de la post guerra fría y en el fluido escenario de la mundialización? ¿Cuán permanente puede aspirar a ser un vínculo político en un escenario de sucesivas reconfiguraciones del mapa político mundial? ¿Qué pretensiones de permanencia puede haber en el posicionamiento político de una isla que ha perdido su relevancia militar y se ha vuelto significativamente dependiente y costosa, y preocupantemente poco productiva?
Lo que es más, ¿qué estrategia puede haber en el afán de permanecer unidos a un país con una economía peligrosamente frágil y cuyos organismos de inteligencia admiten públicamente que su hegemonía se debilita?
¿Será que preguntas tan básicas y un mínimo conocimiento de la realidad mundial es mucho pedir a los políticos menores que hoy, incapaces de producir modelos viables e ideas innovadoras, insisten en la unión permanente?




